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Brasil como espejo: religión, conservadurismo y poder político

5 de octubre de 2026

Lo que ocurrió este domingo en Brasil no puede leerse solamente como una disputa entre Lula y el bolsonarismo. Detrás de la elección aparece una transformación social y política más profunda: el crecimiento de las iglesias evangélicas y, junto con ellas, la consolidación de un espacio político conservador que ya tiene una influencia considerable en Brasil y que comienza a marcar el pulso de buena parte de América Latina. Brasil es, en ese sentido, un laboratorio privilegiado. Pero no es una excepción.

Los evangélicos ya son el 31% de la población de Brasil

Durante las últimas décadas, América Latina dejó de ser una región políticamente identificada de manera casi automática con el catolicismo. El mapa religioso cambió y las iglesias evangélicas adquirieron una presencia social, territorial y política que hace imposible analizarlas solamente como instituciones religiosas.

El fenómeno adquiere especial relevancia en Brasil, donde los evangélicos representan el 26,9% de la población, unos 47,4 millones de personas, según el Censo 2022. En 2010 representaban el 21,6%. 

Pero el dato más importante no es solamente cuántas personas concurren a una iglesia. Es qué capacidad política construyeron esas iglesias.

De la periferia al centro del poder

Durante mucho tiempo, buena parte del evangelismo latinoamericano mantuvo cierta distancia de la política partidaria. Esa etapa quedó atrás.

En Brasil, especialmente, sectores pentecostales y neopentecostales desarrollaron estructuras capaces de competir electoralmente: iglesias con millones de fieles, medios de comunicación, dirigentes propios, representación parlamentaria y una presencia territorial que permite construir vínculos cotidianos con amplios sectores populares.

Esa estructura terminó articulándose con el bolsonarismo, aunque sería un error considerar al electorado evangélico como un bloque homogéneo. Las investigaciones y la propia campaña de 2026 muestran diferencias importantes entre iglesias, pastores y votantes. 

Ahí aparece una de las claves del fenómeno: la iglesia dejó de ser solamente un espacio de culto para convertirse, en determinados sectores, en una estructura de organización social y política.

Brasil: cuando el voto evangélico se convirtió en un territorio estratégico

Brasil es el caso más desarrollado de este proceso.

Los evangélicos representan el 26,9% de la población brasileña, según el Censo 2022. Son alrededor de 47 millones de personas y su peso demográfico creció considerablemente durante las últimas décadas.

Ese crecimiento produjo también una transformación institucional: las iglesias pasaron a tener presencia en el Congreso, en los partidos, en los medios de comunicación y en las campañas electorales.

La literatura académica viene estudiando este fenómeno desde hace años. Investigaciones sobre Brasil y otros países latinoamericanos muestran distintas formas de participación evangélica: desde creyentes que participan individualmente en política hasta iglesias que impulsan candidatos y proyectos políticos propios.

En Brasil, esa construcción fue aprovechada especialmente por la derecha y terminó teniendo una relación particularmente estrecha con el bolsonarismo.

Pero la elección de este domingo mostró también algo más complejo: el mundo evangélico está siendo disputado desde distintos sectores políticos.

El domingo electoral dejó una señal concreta

Los resultados del domingo 4 de octubre aportaron un dato particularmente significativo.

Flávio Bolsonaro terminó primero en la primera vuelta con el 47,03% de los votos válidos, mientras Lula obtuvo el 45,16%. Ambos pasarán al balotaje del 25 de octubre.

Pero cuando se observa el mapa electoral desde la dimensión religiosa, aparece una diferencia todavía más marcada.

Un análisis del UOL que cruzó los resultados electorales con los datos del Censo 2022 encontró que los municipios con una concentración de población evangélica superior al promedio nacional le dieron a Flávio Bolsonaro el 52% de los votos válidos. En esos mismos municipios, su padre, Jair Bolsonaro, había obtenido el 48,8% en 2022.

En cambio, en los municipios con menor presencia evangélica, Flávio consiguió el 35,3%, mientras Lula alcanzó el 58,8%.

El dato no demuestra que todos los evangélicos hayan votado por Bolsonaro ni que la religión haya sido la única explicación del resultado. Pero sí muestra una correlación territorial muy marcada entre concentración evangélica y voto bolsonarista, esa correlación tiene consecuencias políticas.

Bolsonaro quiere a un pastor evangélico en la Corte Suprema | Perfil

Pero los conservadores no tienen el territorio ganado

Aquí aparece una cuestión fundamental.

El crecimiento político de los evangélicos no significa que las iglesias pertenezcan electoralmente a la derecha.

Existen movimientos evangélicos progresistas que llevan años intentando disputar ese espacio. La Frente de Evangélicos pelo Estado de Direito, por ejemplo, surgió en 2016 y este año formalizó su apoyo a Lula. Durante la campaña incluso impulsó acciones destinadas a convencer a otros creyentes de que apoyar al candidato del PT no entraba en contradicción con la fe cristiana

También existen pastores y dirigentes evangélicos que se definen políticamente desde posiciones de centro o incluso conservadoras, pero que no acompañan al bolsonarismo. El diputado y pastor Otoni de Paula es un ejemplo significativo: después de haber sido aliado de Bolsonaro, comenzó a defender un espacio de “derecha con Lula” frente a Flávio Bolsonaro.

Y durante esta campaña aparecieron iglesias y grupos evangélicos que decidieron explícitamente no acompañar a la derecha.

Es decir: la disputa política ingresó al interior del propio campo evangélico.

Dos proyectos que buscan representar al mismo electorado

Esto cambia la forma de mirar el fenómeno.

El sector conservador logró construir una narrativa en la que la defensa de determinados valores religiosos se vinculó con una determinada orientación política. Esa asociación fue particularmente fuerte durante el bolsonarismo.

Pero los sectores progresistas comenzaron a cuestionar esa identificación.

Su argumento es, básicamente, que no existe una única manera de interpretar el cristianismo en política y que cuestiones como pobreza, desigualdad, derechos sociales, democracia, defensa de las instituciones y protección de los sectores vulnerables también pueden formar parte de una agenda evangélica.

Por eso, más que hablar de “los evangélicos” como un actor político único, conviene hablar de un campo religioso atravesado por una disputa política.

2018 fue el año de consolidación de la influencia de las iglesias evangélicas en Latino America

El fenómeno excede a Brasil

Brasil es el ejemplo más desarrollado, pero el proceso tiene una dimensión latinoamericana.

Investigaciones comparativas sobre Brasil, Argentina y Uruguay muestran que el crecimiento evangélico produjo distintas formas de participación política según cada país. En Brasil existen candidaturas promovidas directamente por iglesias, frentes parlamentarios y agrupaciones evangélicas; en Argentina y Uruguay, en cambio, los dirigentes evangélicos participan principalmente dentro de partidos ya existentes.

La diferencia institucional es importante, pero existe un elemento común: las iglesias dejaron de ser actores marginales de la vida política.

Y cuanto mayor es su peso social, mayor es también el interés de los partidos por disputar su representación.

La pregunta que deja Brasil

El resultado del domingo demuestra que los sectores conservadores construyeron una posición de enorme fortaleza dentro del electorado evangélico brasileño.

Pero también demuestra que ese espacio está en disputa.

La aparición de movimientos progresistas, pastores que se alejan del bolsonarismo y comunidades que reivindican otras interpretaciones políticas del cristianismo muestran que el futuro de este electorado no está completamente definido.

La cuestión, entonces, no es si los evangélicos van a participar de la política, ya lo hacen.

Durante años, los sectores conservadores avanzaron sobre ese terreno con una estrategia política sostenida. El domingo volvieron a demostrar la dimensión electoral de esa construcción.

Ahora los sectores progresistas intentan disputar el mismo territorio.

Y esa disputa puede convertirse en uno de los factores políticos más importantes de la próxima etapa latinoamericana: no solamente por la cantidad de votos que representan las comunidades evangélicas, sino porque detrás de esos votos existe una extensa red de iglesias, pastores, organizaciones y vínculos comunitarios capaces de construir identidad y participación política.

Creo que esta versión tiene un eje más potente: no plantea “evangélicos contra progresistas”, sino una disputa por la representación política del mundo evangélico. Eso permite explicar el peso que tuvo el voto religioso el domingo sin caer en la idea de que todo el evangelismo es automáticamente de derecha.


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