El cierre de Ojo de Barro abrió un debate que excede a quienes ocuparán ahora ese lugar. El problema no es que un grupo de jóvenes quiera emprender y abrir un bar, sino que Río Cuarto pierde un espacio cultural, artístico y político construido durante años, en una ciudad donde las políticas públicas parecen ofrecer cada vez menos respuestas para sostener este tipo de proyectos.