Skay en Río Cuarto: Crónica de una noche redonda
7 de septiembre de 2026
En una noche de frío intenso, Skay Beilinson llegó por primera vez a Río Cuarto y encontró a una ciudad ansiosa por recibirlo en su tierra, junto a una multitud que viajó desde distintos puntos del país para compartir la ceremonia del rock. Durante casi dos horas, el guitarrista y sus jinetes tendieron un puente entre generaciones, entre las canciones que forman parte de la memoria y aquellas que todavía siguen escribiendo su propia historia. Guitarras, pogo, emoción y una certeza: algunas canciones no pasan, simplemente encuentran nuevas voces para volver a sonar.

“Es una noche especial, toca el corazón de Patricio Rey”.
El canto del público fue la primera canción de la noche. Antes de que sonara un solo acorde, miles de voces ya habían hecho suya la espera. Los riocuartenses que durante tanto tiempo habían esperado verlo finalmente lo tenían delante. A ellos se sumaban quienes habían llegado desde distintos lugares, algunos después de varias horas de viaje, como quien emprende una peregrinación hacia un sitio donde sabe que algo va a suceder.
A las 21.50 se apagaron las luces. El frío de la noche quedó del otro lado. Adentro en cambio, la temperatura empezaba a subir.
A las 21.57 sonaron las primeras campanas.
Era La nube, el globo y el río. Y entonces apareció Skay.
El Flaco pisaba por primera vez un escenario en Río Cuarto ante una multitud que había colmado el lugar. No hubo grandes artificios. El escenario fue sobrio, casi austero: guitarra, bajo, batería y una banda que conoce el lenguaje del rock sin necesidad de traducirlo.
Dos horas por delante.
Dos horas para comprobar que algunas canciones no envejecen: cambian de dueño, de generación, de contexto, pero siguen encontrando alguien dispuesto a cantarlas.

La música de Skay tiene esa capacidad,en la misma multitud convivían quienes habían atravesado su juventud con Los Redondos y quienes llegaron a esas canciones mucho después. Para unos, son parte de la memoria. Para otros, una herencia. Para todos, una forma de reconocerse.
Padres junto a hijos. Amigos que viajaron juntos. Jóvenes que quizá todavía no habían nacido cuando algunas de esas canciones fueron grabadas. Y, sin embargo, todos sabían qué cantar.
El tiempo se volvió relativo.
Después de los primeros temas llegó una de las primeras grandes explosiones. Todo un palo encendió al público y Golem de la Paternal terminó de desatar el delirio. La temperatura subió definitivamente.
Afuera, una noche helada, adentro el rock haciendo lo suyo.
En ese momento quedó claro que la presencia de Patricio Rey no era solamente una cuestión de nostalgia. Estaba en la forma en que la gente vivía las canciones: en los saltos, en los abrazos, en las voces que se mezclaban. En esa memoria colectiva que pasa de generación en generación y que encuentra nuevas gargantas para seguir cantando.
El alma de Patricio Rey estaba ahí,pero también estaba Skay, con su propia historia.
El síndrome del trapecista, Talisman, Astrolabio y Flores secas abrieron ventanas hacia ese universo que el guitarrista construyó después de Los Redondos. Un territorio propio, atravesado por la psicodelia, la poesía y ese sonido de guitarra que se reconoce apenas aparece el primer acorde.
Skay no necesita correr detrás de la canción,la deja avanzar. La guitarra respira, se estira, vuelve sobre sí misma. Hay algo de ceremonia en esa manera de tocar: como si cada tema tuviera que encontrar su propio tiempo antes de llegar al público.
Y entonces llegó Ji ji ji…
Era inevitable,no hizo falta decir demasiado. Los primeros acordes alcanzaron para que el público reconociera el momento. La canción cayó sobre la multitud y todo se volvió movimiento: saltos, cuerpos, abrazos y miles de voces cantando al mismo tiempo. Durante unos minutos, el recital encontró su centro.
No fue nostalgia, fue presencia. Una canción que había atravesado décadas volvía a suceder allí, en Río Cuarto, frente a una generación que la había vivido desde siempre y frente a otra que la había recibido como herencia. Skay la dejó correr y el público hizo el resto.

Llegó el turno de la Oda a la sin nombre, parecía el final pero todavía quedaba un último aliento redondo.
El pibe de los astilleros apareció enlazado con Nuestro amo juega al esclavo, como una última reverencia a una historia que sigue presente aunque hayan pasado décadas desde aquellos escenarios.
Las guitarras volvieron a ocupar el centro. La multitud volvió a cantar y la noche después de casi dos horas, comenzó lentamente a apagarse.
Quedó el cansancio, el frío esperando afuera y esa sensación que queda después de los grandes recitales: la de haber formado parte de algo que, por un rato, pareció mucho más grande que uno mismo.

Skay llegó por primera vez a Río Cuarto. La gente llegó desde lejos para encontrarlo,los de acá lo recibieron como quien finalmente puede escuchar en su propia tierra una voz que durante años sonó en discos, parlantes, autos, habitaciones y reuniones.
Fue una peregrinación de canciones, de recuerdos y de una fe intacta en el rock.
Sin pantallas gigantes. Sin grandes despliegues.
El Flaco y sus jinetes, guitarra, bajo ,batería y el alma de Skay.
Afuera, el frio, adentro, una multitud había conseguido subir la temperatura de la noche y cuando todo terminó, quedó flotando una certeza: algunas canciones no pertenecen al pasado, siguen sucediendo.
Fotos: Gentileza de Javier Raiden
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